martes, 19 de febrero de 2013

0352. Yo soy tecnodependiente - por: Olivia Castro Cranwell

tecnodependiente

Yo soy tecnodependiente

Por: Olivia Castro Cranwell 

De joven fui una “hippie” que soñaba vivir en la naturaleza. Odiaba la ciudad, la sociedad de consumo y los aparatos electrónicos. Un día lo largué todo y me puse una mochila en la espalda. Viajé durante cuatro años a la búsqueda de El Dorado natural. Trabajé en el campo, vendí artesanías y fui obrera en una fábrica de flores. Viví con lo mínimo y me sentí libre. No me miré en un espejo durante nueve meses, no dormí en un colchón durante un año, los nativos del nordeste de Brasil me enseñaron a comer con las manos, dormí en la intemperie, tanto en la montaña, orilla de un río, playa, casa abandonada o calle de Marsella. Me volví una fugitiva del sistema en el que nací y fui criada. 

No conseguí escapar y aquí me tienen delante de una computadora, comunicada con el mundo global al que pertenezco, a pesar de mí. A lo largo de los años la vida me llevó por diferentes caminos. Me enamoré, tuve una hija, crecí, maduré y me hice responsable, mientras perdía la audición. Sin prisa y sin pausa la perdí toda. No quise usar un audífono durante años y sólo me operaron porque era menor de edad y mi madre podía decidir por mí. Fueron dos operaciones y un fracaso que valió por las dos. “Mi madre no entiende que Dios me quitó la audición para poder escuchar lo invisible”, pensaba yo en ese momento. Me aislaba y sufría en silencio mi destino. Con el tiempo busqué alternativas y desarrollé una aguda intuición que me permitió sobrevivir a la soledad que sentía con mi sordera. Hoy en día me pregunto si los viajes no habrán sido una fuga a la realidad que no podía evitar. 

Mi hija me bajó a la tierra y me devolvió la vida. A los dos meses de embarazo compré mi primer audífono. Ahora tenía un motivo para escuchar. Fue el primer audífono de la saga. Los tuve de varias marcas a lo largo de los años, según la perdida, que avanzaba siempre un poquito más. Los audífonos me permitieron seguir conectada – con muchas dificultades – durante 22 años. Llegó el día en que no hubo modo de sacarle una gota más de jugo sonoro al aparato. El silencio triunfó y yo me hundí. 

maletin

Grande fue la sorpresa que tuve el día que me mostraron la maleta del implante coclear de Med-el que contenía el chip, electrodos, procesador, cargador, pilas, destornilladores y demás accesorios. Era mucha tecnología junta para una “hippie” y no sabía si podría con ello. Pero pude. Aprendí a manejarme con cables, pilas, cargadores y todo más porque me di cuenta que valía la pena. Los sonidos irrumpieron en mi cerebro, llenos de vida. Nunca pensé que podría escuchar cómo hoy en día escucho con la ayuda del implante coclear.

en el avion
En el avión descubrí que el famoso cable rojo de Me-del se adapta a la entrada de audio del asiento. ¡Pude escuchar música durante todo el trayecto con nitidez y lo disfruté tanto!


en el avion2

En París quise comprar el bucle inductivo, que tanto leí de él en el blog de Pepe Lozano, porque en Argentina no existe. Con este accesorio se puede escuchar el teléfono con más claridad. Era mi oportunidad. Mi tío buscó por la internet una casa de audición y allí fui en metro. Al llegar tuve una sorpresa. El lugar parecía el paraíso de los sordos. Montones de accesorios para facilitarles la vida a quienes poco oyen. Despertadores, teléfonos especiales, timbres con luz, etc. Pedí por el bucle inductivo y lo que me trajeron era distinto a lo que había visto con mis amigos españoles. Era un dispositivo que se conecta a través de un cable al celular en vez de un collar. De todos modos lo probé y escuché bien, a decir verdad escuché muy bien, perfecto, nítido y con buen volumen. ¡Me gusta!, ¿pero se puede escuchar con esto la televisión? No, no puedo, no puedo “enchufarme” a la electricidad.

celu

“No importa” – me dijo la vendedora – “tenemos este aparato, con el cual se puede escuchar la televisión. También lo puede usar con un interlocutor en un lugar ruidoso, como por ejemplo un bar o un restaurante, o en una reunión con más de dos personas, o escuchar mejor una conferencia”… La vendedora ya me había colocado el collar inductivo con el cual se engancha un aparato con forma de celular, mientras ella se había enganchado el otro celular en su ropa. Hay dos celulares: Uno lo lleva la persona que usa un implante o audífono y el otro se conecta a la televisión, se lo coloca en la mesa de reunión o lo lleva puesto el interlocutor en cuestión. Uno es el receptor y el otro es el transmisor. Para que funcione hay que activar la tecla MT (ambiente y teléfono) de nuestro implante o audífono. La oí con una increíble nitidez. Se alejó de mi y se fue al otro cuarto. La oí con la misma claridad que antes. Me explicó todo, con lujo de detalles. Mientras tanto llegó una cliente y la otra vendedora la atendió. Se hablaban con lenguas de señas. El lugar era perfecto, las vendedoras sabían comunicarse con todo tipo de sordo o hipoacúsico y además eran encantadoras. Me enamoré del aparato, pero era caro. “La sécurité sociale le otorga un descuento del 70%”, me dijo. Soy francesa y tengo un certificado de discapacidad francés pero no resido en el país. Para tener el descuento tenía que pasar por un proceso burocrático largo y viajar para que los médicos competentes hagan los exámenes requeridos. En esas condiciones me costaba más barato comprarlo con mi propio dinero. “No lo pienses, Olivia, se trata de tu calidad de vida”, dijo mi familia. Lo compré y lo uso todo el tiempo.

fm en la calle

Volví de Francia con una bolsa llena de aparatos electrónicos “para escucharte mejor”, cual lobo de caperucita roja. Me traje una enorme oreja electrónica. Ya que estaba en el baile, compré un nuevo celular también, que se adapta a la entrada del bucle inductivo, y que tiene buen volumen. Una cosa me llevó a la otra, y entre todas se me abrió un abanico de nuevas posibilidades. Oigo el celular con claridad y escucho mi interlocutor sin esfuerzo en un bar con gente. Todavía me falta aprender a escuchar la televisión porque suena diferente y me cuesta discriminar las palabras. Ayer estuve todo el día conectada a la caja bobapara practicar. Fue una experiencia fascinante, pude discriminar varias palabras y frases con mi nuevo aparato FM. Poco a poco voy a mejorar. Lo sé porque nuestra amiga Silvia lo logró así – con mucha práctica – y hoy en día lo escucha todo.

fm y la tele

Así que la “hippie” que soñó vivir en la selva se transformó en una “tecnodependiente”. No puedo estar mucho tiempo lejos de la “civilización” porque en menos de cuatro días se me acaba la pila, o no tengo enchufe para cargar las baterías. Además, mi procesador es frágil y no se puede mojar. Espero que llegue el día en que se pueda implantar el procesador también. Para eso se tiene que solucionar el tema baterías ¿Energía solar?, jajaja, soñar es gratis.


fm y la musica
Y si, soy feliz con mi nueva “adicción” Ya no estoy sola, miles de cablecitos me mantienen conectada a los sonidos y me devuelven el sentido perdido: la audición. 


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