lunes, 13 de mayo de 2013

0032. Los riesgos de la sobreprotección: Cuando estos comportamientos se combinan con la crianza de un niño con discapacidad, la necesidad de proteger suele ser aún mayor, lo que puede acarrear consecuencias más negativas de lo que cabría esperar.


Los riesgos de la sobreprotección

A menudo, el instinto paterno busca proteger y 'blindar' a los hijos respecto a los aspectos más negativos de la infancia. Cuando estos comportamientos se combinan con la crianza de un niño con discapacidad, la necesidad de proteger suele ser aún mayor, lo que puede acarrear consecuencias más negativas de lo que cabría esperar. Este tipo de burbujas o campanas de cristal impiden a los niños conocerse a sí mismos, descubrir sus potencialidades, aprender de sus errores y adquirir autovalía, lo cual impactará drásticamente en el desarrollo de su vida adulta.

El resguardo y la protección hacia un bebé o un niño pequeño es un acto intuitivo con el que los padres acompañan los períodos de mayor vulnerabilidad durante las tempranas etapas de desarrollo. Pero a medida que los hijos crecen y comienzan a manifestar sus propias capacidades y potencialidades, los padres emprenden el proceso inverso: promover la autonomía y brindar todas las herramientas necesarias para que adquieran confianza en sí mismos y sepan valerse de manera independiente. 

No obstante existen ocasiones en donde, ya sea por razones emocionales y psicológicas o por algún suceso traumático experimentado, los padres se estancan en este período y comienzan a transformar la protección en sobreprotección, privando a sus hijos de aquellas experiencias fundamentales para su correcto desarrollo e incluso resolviendo por ellos tareas que ya son capaces de hacer por sí mismos. 

Esta presencia constante, intromisiva y acechadora de los padres termina desencadenando un retraso en la maduración del niño, aplazando un importante aprendizaje y favoreciendo la pérdida de la curiosidad y la motivación necesarias para explorar el mundo, ya que la familia estará siempre adelantándose a sus deseos y necesidades. Como consecuencia, esta falta de autonomía puede desatar toda una serie de trastornos de la conducta y del desarrollo físico y emocional, cuyas consecuencias se reflejarán en lo inmediato y repercutirán hasta la vida adulta. 

En el caso de los padres de niños con discapacidad, el riesgo de desarrollar actitudes sobreprotectoras aumenta considerablemente. La preocupación por la salud, el miedo a la discriminación y el abuso, el temor a ser considerados malos padres, la culpa por la discapacidad de su hijo y un sinfín de “alarmas” pueden llevarlos a generar cuidados excesivos que únicamente favorecerán la crianza de niños miedosos, inseguros y desconfiados. 

Un estudio del “Texas Tech University Health Sciences Center”, asegura que tanto la falta de expectativas paternas como la sobreprotección hacia un niño con discapacidad pueden causar la baja de su autoestima y la imposibilidad de alcanzar su máximo potencial. “Ambas son formas de discriminación. La internalización de esta discriminación hace que la persona con discapacidad llegue a creer que es menos capaz que una persona sin discapacidad. Los padres y proveedores de cuidado de niños con discapacidades pueden sobreproteger al niño pensando que lo hacen para cuidarlos de un daño, pero en realidad esto puede causar más perjuicios aún. Las adecuadas habilidades de crianza son necesarias para ayudar a los niños y adolescentes a desarrollar un concepto positivo de sí mismos y una autoestima alta”. 

Estas maneras equivocadas de demostrar amor y cuidado les quitan a los niños oportunidades para un crecimiento saludable y para estar preparados al momento de lidiar y superar los desafíos de la vida. De allí la importancia de no subestimar esta problemática y comprender mejor los mecanismos detrás de la sobreprotección paterna. 

Padres helicóptero


El término “padres helicóptero” fue desarrollado a finales de la década de los 80 en los Estados Unidos, al intentar definir a los progenitores que constantemente están “sobrevolando” y controlando los movimientos de sus hijos aún durante su adolescencia y en la etapa adulta. 

Los padres helicóptero manifiestan una fuerte tendencia a revolotear alrededor de sus hijos, anticipándose a cualquier desafío, dificultad o decepción.

Considerada como un exceso de la crianza, esta práctica cada vez más común se basa en una obsesión por la seguridad, el bienestar y el éxito del niño. Y aunque muchas veces se la quiere confundir con métodos co-mo la “crianza con apego”, para los especialistas detrás de estas conductas se esconde un miedo irracional sostenido por las propias carencias e inseguridades.

Quienes vienen investigando sobre estos verdaderos “trastornos parentales”, consideran que el “helicoptering” es el resultado natural de nuestra sociedad cada vez más competitiva, donde las familias en su afán de proteger a los niños de cualquier experiencia de fracaso los atiborran de presiones, ansiedades y cuidados enfermizos. 

Dentro de las principales causas de sobreprotección, los especialistas afirman que muchos padres apuntalan su propia autoestima baja o dañada sobre la imagen de ser un “super padre” o una “super madre”, compensando además las limitaciones sufridas durante su propia niñez.

Por otra parte la inestabilidad familiar y las separaciones pueden provocar que los padres busquen con gestos sobreprotectores apaciguar sus frustraciones ante la ausencia de un progenitor (ya sea por separación, muerte o exigencias laborales) o simplemente para evitar quedar como un tirano o un mal padre ante las rabietas y los caprichos. Esta inseguridad personal puede llevarlos a consentir a los niños para buscar su aceptación y la aprobación de sus propias acciones. 

Otros aspectos señalados se relacionan con la necesidad de algunos padres de mantener a su niño por siempre pequeño. Este aspecto puede afectar especialmente a los padres de niños con discapacidad, quienes suelen experimentar un mayor temor frente a los desafíos del futuro. 

Cuando los niños son pequeños, los padres helicóptero son alimentados por una obsesión intensa relacionada con la seguridad física y emocional de los hijos, y esto no sólo queda en la esfera del hogar, sino que además se entrometen con las amistades, los espacios de juego y la escuela. Y en la medida en que los niños crecen, esta obsesión por la seguridad puede desplazarse hacia las exigencias académicas y el sobre-estímulo. 

A esto hay que sumar la utilización de las nuevas tecnologías de control, como los teléfonos celulares y las computadoras. Mientras que las anteriores generaciones de niños se pasaban el día andando en bicicleta y jugando al aire libre fuera del alcance de sus padres, las familias actuales se sirven de estas tecnologías, a menudo llamadas “el cordón umbilical electrónico”, junto con el correo electrónico, la mensajería instantánea y las redes sociales, para monitorear y controlar constantemente a sus hijos.

A esta descripción general es necesario sumar ciertos riesgos propios de la crianza de un niño con discapacidad, donde es muy común que los padres demuestren una exagerada preocupación por el bienestar de sus hijos, no sólo previniendo cualquier posibilidad de dolor o frustración, sino negándose a corregir el comportamiento de éstos para no correr el riesgo de “traumatizarlos” o crear expectativas que los niños no están en condiciones de cumplir.

El “blindaje” de un niño con discapacidad de las experiencias de vida es un tema delicado y por desgracia ignorado muy a menudo. Si bien detrás de esta sobreprotección, mayormente podemos encontrarnos con padres bien intencionados, que sólo quieren lo mejor para sus hijos, sin embargo el alto costo de estos cuidados excesivos son pagados por el niño como pérdida de la confianza en sí mismo y serias dificultades para ser lo más independientes posible en su futuro. 

No son pocos los investigadores que aseguran que la sobreprotección es en sí misma una conducta que puede resultar discapacitante. Las formas en que puede afectar a los niños son muy variadas y de largo alcance, pero además es la propia salud física y emocional de los padres la que también puede resentirse.

Consecuencias de la sobreprotección

Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas en comportamiento infantil son los altos niveles de ansiedad que se presentan en niños cada vez más pequeños. Según investigaciones, las altas tasas estarían en relación directa con la falta de confianza en sus propios instintos. 

Cuando a los niños no se les brinda el espacio para luchar y abrirse camino por su cuenta, no aprenden a tener confianza en sus propias capacidades y decisiones. Por otra parte, si son sus padres quienes siempre están resolviendo sus conflictos y apuros nunca van a experimentar el fracaso, desarrollando un miedo abrumador ante la posibilidad de fallar o decepcionarse. Y tanto la baja autoestima como el miedo al fracaso pueden conducir a trastornos de ansiedad.

En los Estados Unidos y Europa, los terapeutas que trabajan con niños y adolescentes han registrado mayores niveles de ansiedad y depresión en los jóvenes en los últimos años y lo relacionan con el estricto control parental y la falta de independencia.

En un reciente estudio de la Universidad de Tennessee, algunos profesores encontraron que los niños cuyos padres tenían hábitos de merodeo constante y sobreprotección, eran propensos a ser medicados para la ansiedad y los estados depresivos.

Las consecuencias de la sobreprotección paterna todavía hoy se siguen discutiendo y existen diversas posturas al respecto. Entre los efectos negativos suelen señalarse la incapacidad en el niño para aprender conocimientos importantes que se necesitan para la vida diaria, el desarrollo de sentimientos de ira y frustración, miedos y fobias, represión emocional y depresión, problemas de conducta en la escuela, el no saber cómo conectar socialmente con los demás, necesidad constante de aprobación, mayor exposición al bullying, problemas académicos y ansiedad social. 

También suele hacerse notar el riesgo de padecer problemas en la internalización, que es el proceso de adoptar para sí, ya sea inconsciente o conscientemente mediante el aprendizaje individual y de la vida social, las actitudes, creencias, valores y normas de otra persona o de la sociedad.

Estos bloqueos y trastornos sociales pueden tener un impacto a cercano, mediano y largo plazo, llegando a desencadenar serios problemas en la vida adulta. Parte de estas dificultades se expresan a través del denominado “síndrome de Peter Pan”, una condición que si bien no se considera actualmente como una psicopatología afecta cada vez a un mayor número de personas cuyas conductas emocionalmente inmaduras los vuelven incapaces de crecer y asumir las responsabilidades de la vida adulta.

Como se mencionó anteriormente en cuanto a los niños con discapacidad, las consecuencias de la sobreprotección no sólo pueden atentar contra su plena inclusión sino que además pueden resultar contraproducentes para su salud física y emocional. 

Ante algunas dolencias y condiciones, los padres pueden experimentar una necesidad de aislarlos e intervenir en todas sus rutinas, incluidas la escuela y la socialización con compañeros. En un esfuerzo por proteger a sus hijos de sentirse diferentes o excluidos en un ambiente escolar tradicional, muchos padres buscan escuelas especiales o actividades diseñadas especialmente para niños con discapacidades aún cuando ellos pueden participar perfectamente de una experiencia inclusiva.

El temor de los padres a que sus hijos tengan que lidiar con el sentimiento de sentirse diferentes o que sean lastimados con preguntas y o miradas curiosas e inoportunas, hace que los obliguen a evitar ese tener que lidiar con sentirse extraños o interpelados o con la frustración de tratar de encajar en un determinado ámbito social y no tener éxito. En estos casos la típica reflexión de los padres es “no quiero que mi hijo se desanime y tenga experiencias que hagan su vida más difícil de lo que ya es”.

Pero sucede que los niños tienen precisamente que aprender a establecer relaciones con todo tipo de gente y desenvolverse en interacciones sociales que les permitan aprender cómo manejarse. Es importante que tengan la oportunidad de aprender a calibrar las respuestas apropiadas, tanto para las experiencias positivas como para las negativas. Y es el fortalecimiento de la autoestima como en la promoción de habilidades resilientes donde los padres deben volcar su acompañamiento y cuidado.

Desactivando las alarmas

Es imperativo que los padres acuerden dentro del proyecto familiar los niveles adecuados y saludables de su participación en el acompañamiento del desarrollo de sus hijos. Y se recomienda que si no pueden ir más allá de sus miedos, entonces busquen ayuda profesional. 

Existen profesionales especializados en dinámicas familiares que a través de terapias y abordajes de apoyo pueden colaborar para crear un clima de mayor confianza, sin miedos, que les permita a los padres relajarse y recordar las libertades que disfrutaron cuando niños, reconociendo lo importantes que fueron para ellos. 

Aunque sea difícil para cualquier padre, es inevitable pasar por instancias donde deben permitir que sus hijos tomen algunos riesgos y aprendan de sus experiencias, incluso dejarlos equivocarse. 

Existe un dicho popular que reza que los “golpes” que les son privados a un niño durante su infancia los experimentará de adulto. Los niños necesitan experimentar los riesgos manejables según la edad. Claro que los riesgos deben ser considerados de acuerdo a la edad y las capacidades de cada niño, allí es donde los padres tienen que tomar la decisión de los límites a poner en función de factores que impactan en la salud mental y física, el bienestar y la seguridad. Del mismo modo y ante la necesidad de trazar límites, es necesario que se examinen los motivos para decir no a los riesgos normales de la infancia. 

Junto con las recomendaciones adecuadas para cada edad, los especialistas aconsejan que los padres promuevan una serie de pautas y responsabilidades que promuevan la gradual independencia de los hijos y la capacidad para autovalerse cuando sea necesario:

- Saber poner normas claras y hacer que los niños las cumplan.

- Que los niños sean responsables de sus errores y colaboren en el proceso de enmendarlos o superarlos. Enseñarles que las equivocaciones no son situaciones para quedar atrapado en la culpa, sino para aprender a conocerse, conocer a los demás y superarse.

- Dejarlos solucionar sus conflictos, que desarrollen las habilidades necesarias para lidiar en los desencuentros con otros niños.

- Que vayan asumiendo responsabilidades personales y familiares de acuerdo a su edad, como por ejemplo colaborar en las tareas de la casa o ayudando en las mismas a sus padres y hermanos.

- Que aprendan a programar sus actividades.

- Prepararlos con suficiente antelación para los nuevos desafíos. Si es necesario, contar con un profesional que brinde su asistencia.

- Que incorporen las normas necesarias para su cuidado personal, frente a desconocidos y que sepan identificar posibles abusos y cómo manejarse ante esa amenaza. 

En tanto a los padres, se aconseja que puedan correr el foco de las discapacidades y que puedan identificar las habilidades de niños y además exponérselas a ellos mismos mostrándoles todo lo que son capaces de hacer. 

Siempre es recomendable la participación en grupos de autoayuda o participar dentro de movimientos asociativos con padres de niños que compartan la condición, no sólo para buscar contención ante las frustraciones y las problemáticas, sino para intercambiar experiencias positivas y desarrollar estrategias efectivas. 

A simple vista parece un tema menor, pero en relación al desarrollo de un niño con discapacidad se ponen en juego la calidad de su vida y las habilidades con que pueda forjar su propio destino en el futuro.

La sobreprotección anula, descalifica y discapacita. Cuanto más se les enseñe a los hijos a realizar su tránsito personal por el mundo, más oportunidades se abrirán para ellos.

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