lunes, 5 de mayo de 2014

0547. Las dificultades de comunicación que crea la sordera - Por: Olivia Castro Cranwell


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Las dificultades de comunicación que crea la sordera
Por: Olivia Castro Cranwell
Mayo 4 de 2014 

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A veces es difícil ser sordo, a decir verdad siempre lo es. Es difícil vivir entre personas que tienen ese sentido que te falta y depender del amor, paciencia, buena voluntad, cariño y generosidad de ellos para poder mantenerte comunicado con la vida que tenés a tu alrededor. Y a veces la gente pierde la paciencia, todos las perdemos, pero en este caso que no escuchaste lo que tu interlocutor dijo y él ya no tiene más ganas de repetir, te quedás afuera. Y vos entendés, porque los chistes dejan de ser chistes si se repiten. Todos se ríen a las carcajadas y vos te quedás solo porque sos sordo y te tenés que jorobar.

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Más solo te sentís en una reunión con más de tres personas. En esos momentos ni el audifono, ni el implante coclear te sirven. Te los ponés igual porque sin esas ayudas estás totalmente perdido. Con los aparatos prendidos podés manotear algunas palabras y con suerte, frases enteras. Cuando la conversación se pone interesante vos no entendés un pomo. Sabés que no podés pedirle a la gente que hable más despacio y te miren todo el tiempo. No es adecuado así que te adaptás y te jorobás otra vez.
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Lo peor es una discusión. En ese momento que la sangre te hierve y no podés pararte a descifrar los labios de tu interlocutor que te agrede y lastima con esas mismas palabras que tanto te cuestan escuchar, este se enoja y se aprovecha de la situación para humillarte y decirte que no lo escuchás a propósito. Tu bronca se transforma en impotencia por no poderte defender de tal injusticia. Estás en inferioridad de condiciones. Para no tirarle un cenicero en la cabeza te vas a llorar por ahí y en ese momento te preguntás si vale la pena luchar tanto para mantenerte comunicada con gente que amás pero te hace sufrir.
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Sentís que te clavan un puñal cuando una persona se burla o te insulta, delante tuyo, en un tono que sabe que no podés discriminar pero que escuchaste igual por esos misterios que tiene la audición. El puñal desgarra tus entrañas cuando hay otros junto a él que se ríen a la par y luego te miran y regalan una sonrisa hipócrita de que está todo bien. La decepción duele y perdés la confianza pero después te acordás que sos sordo y tenés que agradecer que te den bola, que te integren y traten como si fueses uno de ellos, y vos aceptás porque no tenés armas para defenderte y no te querés quedar solo.
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Odiás cuando te dicen: “para lo que hay que escuchar es mejor ser sordo”. Se nota que esa persona no se da cuenta lo que significa que te digan algo así, a vos, que tenés que gastar una fortuna en aparatos auditivos, operarte, colocar un implante coclear, que implica calibraciones, reeducaciones, no poder hacer resonancias magnéticas, ni pasar por las alarmas de los aeropuertos; por ejemplo. Tenés que trabajar duro para escuchar algo de lo que ese imbécil escucha sin hacer el más mínimo esfuerzo y además se cree chistoso al decirte que no te perdés nada. Suspirás con paciencia, sonreís y te callás porque él es ignorante pero vos sos sordo. Vos sos el que se tiene que adaptar.
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A esta altura del partido ya sabés que si no te adaptás vas muerto. Por momentos querés mandar todo al diablo porque estás cansado de hacer tanto esfuerzo. Te sentís un extraterreste en la tierra de los oyentes, vos, que venís del planeta silencio, que te oprime con su soledad.

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Pero sos fuerte, te levantás, sacudís las broncas y las angustias que tenés pegadas en el alma y decidís ser feliz en vez de instalarte en la destructiva comodidad de la víctima. Enfrentás tu discapacidad con actitud y suplís esa carencia que tenés con aparatos, cirugías, lectura labial, escritura, intuición, esfuerzo pero sobre todo con fe y esperanza porque sos un campeón.

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