lunes, 16 de junio de 2014

0562. Ludwig van Beethoven comprendió mejor que nadie cuán paradójica puede ser la vida: en la cima de su carrera como músico, comenzó a quedarse sordo


En la imagen, los primeros audífonos 

que utilizó Beethoven.

La sordera. Esta condena a la soledad fue patéticamente sellada por la dolencia del oído que, manifestada en sus primeros síntomas en 1794-96, se transformó poco después de 1800 en una sordera incipiente que pasó a ser total con posterioridad a 1814. 

En la vida y en el arte de Beethoven este infortunio queda atestiguado por un documento conmovedor, que recibe el nombre de Testamento de Heiligenstadt (denominación de un suburbio vienés); una carta a sus hermanos -aun cuando, de hecho, dirigida a la humanidad- escrita en 1802 y en la que el músico habla de la dolencia que hacía huraño y malhumorado a quien tanto deseaba la sociabilidad humana, y describe la crisis trágica de desesperación que había estado a punto de desembocar en el suicidio, idea finalmente superada con una decisión heroica de su voluntad: la resolución de no dejarse abatir por la adversidad, de aceptar el reto y transformar el dolor en elevación moral, belleza artística y amor inagotable a la humanidad.

Superada la crisis, continuó trabajando frenéticamente con ayuda de unos audífonos especialmente confeccionados para él y encontró un inestimable colaborador en el recién inventado metrónomo, útil del que se sirvió para consolidar la arquitectura, el ritmo y la dinámica de sus obras. La sordera del maestro fue origen de alguna conmovedora anécdota, como la ocurrida tres años antes de su fallecimiento, con ocasión del estreno absoluto de su Novena Sinfonía: Beethoven se había atrevido a dirigirla y, cuando el último sonido del esplendoroso finale se extinguía, no se percató del aplauso atronador con que se le obsequiaba y permaneció de espaldas al público, ensimismado en sus pensamientos, hasta que uno de los solistas tocó delicadamente su brazo e hizo que se volviera; quizás por última vez, su rostro se iluminó expresando la más completa felicidad. 




En Mayo de 1802, y por recomendación del Doctor Johann Adam Schmidt, Beethoven se trasladó a Heiligenstadt para descansar en la temporada de verano, como era siempre su costumbre y como lo fue a lo largo de toda su vida. 


El verano en el campo, era una etapa anual que Beethoven necesitaba de forma imprescindible. Añoraba la naturaleza, la sensación de libertad, las caminatas por senderos de bosque, etc. Era también muchas veces el período del año en el cual aparecían sus ideas musicales. Las anotaba en sus innumerables cuadernos de apuntes, y usaba el invierno en Viena para pasar en limpio y terminar, las obras que habían surgido durante el verano. 

Ese año en particular, Beethoven estaba atormentado por el aumento de su sordera, tenía ya la sensación de que era una enfermedad que no lo iba a abandonar fácilmente, y sentía amenazada toda su vida por ella. La indicación del Dr. Schmidt, abría una esperanza de que con soledad, silencio y una temporada en el campo podría descansar su oído, y recuperar su salud. 

Heiligenstadt era en ese momento un pueblito separado de Viena. No solo un vecindario, parte de la misma ciudad, como en nuestra época. Se tardaba algún tiempo en llegar allí en carruaje. 

Deprimido y ya incapaz de esconder su afección creciente, el 6 de Octubre de 1802, Beethoven escribió un documento que guardó luego cuidadosamente, y que fue llamado después "El Testamento de Heiligenstadt". 

Es importante recordad que fue encontrado en el mismo escondite secreto de su escritorio, junto a la carta a la Amada Inmortal, escrita en 1812. 

En este emocionante documento, Beethoven revelaba su enfermedad y su angustia frente a la misma. El escrito tiene una cualidad emocional verdaderamente impactante, cuando lo leemos hoy en día. 

Una segunda pare del testamento fue escrita unos pocos días después, el 10 de Octubre de 1802, y tiene el sonido de un epilogo de lo escrito anteriormente. 

La redacción misma del "Testamento", se encuentra llena de errores de sintaxis y luce una puntuación absolutamente personal. Las oraciones son largas, a veces de difícil realización y de bastante difícil comprensión. En la traducción he tratado de conservar, en lo posible, dichas características. Me pareció completamente irrespetuoso corregir al maestro. 

Evidentemente el documento, fue escrito bajo una fuerte presión emocional y tiene una cualidad de inmediatez e impacto muy alta. La personalidad de Beethoven es claramente perceptible. Esto es evidente también, en la lectura de sus numerosísimas cartas. Pese a que el compositor decía a menudo que no tenia ninguna facilidad para escribir, se las arreglaba perfectamente para transmitir sus fuertes pensamientos y emociones, claro, no con la misma cualidad estética que en la música, aunque con una muy parecida cualidad emocional. 

Podemos notar que tres veces en la redacción el compositor omitió el nombre de pila de su hermano menor Nikolaus Johann. Podría ser una duda acerca de la forma en la cual nombrarlo (se lo llamaba Nikolaus o Johann indistintamente, en esa época) o alguna pelea con su hermano ocurrida por aquellos momentos. Más allá de diferentes hipótesis que sus biógrafos han pergeñado, no lo sabemos realmente. 

Beethoven escribió después dos testamentos más, en 1824 y pocos días antes de su muerte en 1827. Estos fueron documentos mayormente formales, redactados por un abogado, y racionalmente dedicados a legar sus – pocos – bienes. 

Carta de Beethoven a sus hermanos o también llamado 
"El Testamento de Heiligenstadt"

Para mis hermanos Carl y….... (Johann) van Beethoven: 
¡Oh, hombres que me juzgáis malevolente, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis! Desde mi infancia, mi corazón y mi mente estuvieron inclinados hacia el tierno sentimiento de bondad, inclusive me encontré voluntarioso para realizar acciones generosas, pero, reflexionad que hace ya seis años en los que me he visto atacado por una dolencia incurable, agravada por médicos insensatos, estafado año tras año con la esperanza de una recuperación, y finalmente obligado a enfrentar el futuro una enfermedad crónica (cuya cura llevará años, o tal vez sea imposible); nacido con un temperamento ardiente y vivo, hasta inclusive susceptible a las distracciones de la sociedad, fui obligado temprano a aislarme, a vivir en soledad, cuando en algún momento traté de olvidar es, oh, cuan duramente fui forzado a reconocer la entonces doblemente realidad de mi sordera, y aun entonces, era imposible para mi, decirle a los hombre, habla mas fuerte!, grita!, porque estoy sordo. Ah! Como era posible que yo admitiera tal flaqueza en un sentido que en mi debiera ser mas perfecto que en otros, un sentido que una vez poseí en la mas alta perfección, una perfección tal como pocos en mi profesión disfrutan o han disfrutado –Oh, no puedo hacerlo, entonces perdonadme cuando me veáis retirarme cuando yo me mezclaría con vosotros con agrado, mi desgracia es doblemente dolorosa porque forzosamente ocasiona que sea incomprendido, para mi no puede existir la alegría de la compañía humana, ni los refinados diálogos, ni las mutuas confidencias, solo me puedo mezclar con la sociedad un poco cuando las mas grandes necesidades me obligan a hacerlo. Debo vivir como un exiliado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mi, un miedo de que puedo estar en peligro de que mi condición sea descubierta – así ha sido durante el año pasado que pasé en el campo, ordenado por mi inteligente medico a descansar mi oído tanto como fuera posible, en esto coincidiendo por mi natural disposición, aunque algunas veces quebré la regla, movido por mi instinto sociable, pero que humillación, cuando alguien se paraba a mi lado y escuchaba una flauta a la distancia, y yo no escuchaba nada, o alguien escuchaba cantar a un pastor, y yo otra vez no escuchaba nada, estos incidentes me llevaron al borde de la desesperación, un poco mas y hubiera puesto fin a mi vida – solo el arte me sostuvo, ah, parecía imposible dejar el mundo hasta haber producido todo lo que yo sentía que estaba llamado a producir, y entonces soporté esta existencia miserable – verdadera mente miserable, una naturaleza corporal hipersensible a la que un cambio inesperado puede lanzar del mejor al peor estado – Paciencia – Esta dicho que ahora debo elegirla para que me guíe, así lo he hecho, espero que mi determinación permanecerá firme para soportar hasta que a las inexorables parcas les plazca cortar el hilo, tal vez mejoraré, tal vez no, estoy preparado. Forzado ya a mis 28 años a volverme un filósofo, oh, no es fácil, y menos fácil para el artista que para otros – Ser Divino, Tu que miráis dentro de lo profundo de mi alma, Tu sabes, Tu sabes que el amor al prójimo y el deseo de hacer el bien, habitan allí. Oh, hombres, cuando algún día leáis estas palabras, pensad que habéis sido injustos conmigo, y dejad que se consuele el desventurado al descubrir que hubo alguien semejante a él, que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, igualmente hizo todo lo que estuvo en sus manos para ser aceptado en la superior categoría de los artistas y los hombres dignos. 

Ustedes, mis hermanos Carl y ……, tan pronto cuando este muerto, si el Dr. Schmidt aun vive, pídanle en mi nombre que describa mi enfermedad y guarden este documento con la historia de mi enfermedad de modo que en la medida de lo posible, al menos el mundo se reconcilie conmigo después de mi muerte. Al mismo tiempo los declaro a los dos, como herederos de mi pequeña fortuna (si puede ser llamada de esa forma), divídanla justamente, acéptense y ayúdense uno al otro, cualquier mal que me hayáis hecho, lo sabéis, hace tiempo que fue olvidada. A ti, hermano Carl te doy especialmente las gracias por el afecto que me has demostrado últimamente. Es mi deseo que vuestras vidas sean mejores y mas libres de preocupación que la mía, recomendad la virtud a vuestros hijos, esta sola puede dar felicidad, no el dinero, hablo por experiencia, solo fue la virtud que me sostuvo en el dolor, a esta y a mi arte solamente debo el hecho de no haber acabado mi vida con el suicidio – Adiós, y quiéranse uno al otro – Agradezco a todos mis amigos, particularmente al Príncipe Lichnowsky y al Profesor Schmidt – Deseo que los instrumentos del Principe L, sean conservados por uno de ustedes, pero que no resulte una pelea de este hecho, si pueden serviros de mejor fin, véndanlos, me sentiré contento si puedo seros de ayuda desde la tumba – con alegría me acerco hacia la muerte – si esta llega antes de que tenga la oportunidad de mostrar todas mis capacidades artísticas, habrá llegado demasiado temprano, no obstante mi duro destino y probablemente desearé que hubiera llegado mas tarde – pero aun así estaré satisfecho, no me liberará entonces de mi interminable sufrimiento? Vengas cuando vengas, te recibiré con valor- Adiós y no me olvidéis completamente cuando este muerto, merezco eso de ustedes, habiendo yo pensado en vida tantas veces acerca de cómo hacerlos felices, sedlo - 

Heiligenstadt, octubre 6, 1802 
Ludwig van Beethowen




Luces y sombras de un genio creativo
“Qué triste es lo que me tocó, debo evitar 
todas las cosas que me son queridas”

Ludwig van Beethoven

Talentoso, innovador y con una personalidad avasallante, Ludwig van Beethoven comprendió mejor que nadie cuán paradójica puede ser la vida: en la cima de su carrera como músico, comenzó a quedarse sordo.

Nacido en Bonn, Alemania, en 1770, se crió en el seno de una familia de campesinos humildes pero muy relacionados con la música. Su abuelo y luego su padre fueron directores de la orquesta de la capilla de su pueblo. A su talento natural se sumaron, entonces, las lecciones que recibía día tras días.

Su padre, obsesionado con la precocidad de otro prodigio de la época, Wolfgang Amadeus Mozart, quería para su hijo idéntico destino. Así, Ludwig comenzó a aprender piano, órgano y clarinete de muy pequeño, algo que marcó su infancia porque lo alejó de otros chicos de su edad y le fue templando su carácter.

Además, era común que en las tertulias ofrecidas en su casa fuera levantado en plena madrugada para que tocara el piano para los invitados. Pero estos no eran los únicos problemas. El padre, en realidad, era alcohólico, lo que provocó que perdiera el puesto como director de la orquesta. Sumada a esta situación, su madre tenía salud frágil y se enfermaba con frecuencia. Siendo muy joven, tuvo que hacerse cargo de sus pequeños hermanos.

Las piedras del camino

Con sólo siete años, Beethoven realizó su primera actuación en público en la ciudad de Colonia. De allí en adelante, su carrera no se detuvo jamás. Comenzó una serie de viajes a Viena, Austria, para tomar clases, brindar conciertos y componer las más maravillosas obras que surgieron de su creatividad clásica.

Ya en 1800, consagrado en las cortes de toda Europa y en los círculos culturales, reconocido y homenajeado, Ludwig comienza a tener problemas de audición. A esa época pertenece el conocido “Testamento de Heilingenstadt”, en el que expresa su desesperación y disgusto ante la injusticia de que un músico pudiera quedarse sordo, algo que no podía concebir ni soportar. Incluso, llegó a plantearse el suicidio, pero la música y su fuerte convicción de que podía hacer un gran aporte a la cultura hicieron que siguiera adelante. En ese testamento, precisamente, escribió que sabía que todavía tenía mucha música por descubrir, explorar y concretar. Y así lo hizo.

A su genio maravilloso debemos agradecer obras como Claro de luna, Patética, La Eroica, Para Elisa, Fidelio, la Quinta y la Novena Sinfonía, solo por mencionar algunas. En total, compuso obras para piano, de cámara, vocales y hasta para orquesta.

Su enfermedad

“…Por dos años he evitado casi toda reunión social, porque me es imposible decirle a la gente `hable más fuerte, estoy sordo´…si yo perteneciera a cualquier otra profesión esto sería más fácil, pero en la mía el hecho es algo aterrador…” se confesaba con uno de sus amigos Beethoven, ante el hecho consumado de su enfermedad auditiva.

Sin embargo y más allá de lo mucho que se ha exagerado, la sordera del músico no fue completa de entrada. En realidad, se estableció y desarrolló bastante lentamente. Lo que sí fue dramático fue el momento en el que el exitoso compositor e intérprete, tuvo que aceptar que tenía una enfermedad permanente, con la que iba a tener que convivir. Y que se agravaba lentamente.

Cuando ya no pudo esconder la dolencia, terminó aceptando su situación. A pesar de lo doloroso de la situación, su llama creativa nunca se apagó. Incluso, podríamos decir que hasta el final de su vida hubo algunos días en los que podía escuchar algo, muchos otros, nada.

Entonces, con la sordera completamente instalada – a partir de 1818-, Ludwig comenzó a usar cuadernos en los que sus amigos y visitantes podían escribir lo que querían comunicarle o preguntarle. Son los famosos “cuadernos de conversación” que se trascribieron y son conocidos, aunque no sucedió lo mismo con sus respuestas.

Cientos de años más tarde, con avances tecnológicos que permiten chequear en profundidad cada parte del cuerpo, los estudios parecen determinar que el músico sufría de labyrinthitis, es decir que tenía una lesión del oído interno. Otras fuentes aseguran que también sufría de saturnismo, un mal causado por altas concentraciones de plomo en la sangre, que provoca descomposturas permanentes.

Éxitos y reconocimientos se entremezclan con angustias, tristezas y enfermedad, pero el gran legado que dejó al mundo Beethoven es el de haber seguido luchando por su gran vocación, con la generosidad de compartirla en obras monumentales, que permanecerán en los tiempos, en los oídos de quienes quieran escucharlas.

Murió en 1827, pero su música sigue siendo eterna.

Artículo publicado en:
Revista "Oír ahora.Y siempre"
Año 1 - Revista No. 1
Argentina, Febrero 2010
Página 30.

Descubren la causa de la sordera de Beethoven

Los médicos vieneses Hans Bankl y Hans Jesserer, ambos profesores de la universidad de Viena, descubrieron que la sordera del compositor Ludwig van Beethoven se debió a una otosclerosis de oído interno y no a la enfermedad de mobus paget.

En su libro Las enfermedades de Ludwig van Beethoven, publicado estos días en Viena, el patólogo Bankl y el médico de medicina interna Jesserer revelan cómo llegaron a este sensacional descubrimiento, en contra de la creencia generalizada de que Beethoven sufría de la sordera de mobus paget.

En este caso, los huesos examinados deberían haber presentado deformaciones, y éste no es el caso, aseguran los expertos, escribió ayer el diario vienés Kronen Zeitung.

El diagnóstico tardío fue posible gracias al hallazgo de tres huesos del cráneo del célebre músico, que el médico vienés Franz Romeo Selgimann decidió guardar en su poder el 13 de octubre de 1863, durante el traslado del cadáver a otro cementerio de Viena.

Estas reliquias pasaron de generación en generación hasta que Thomas Desmines, un sobrino de tercer grado de Seligmann, que vivía en el sur de Francia, decidió viajar a Viena para cerciorarse de la autenticidad de los restos anatómicos de Beethoven.

Desmines acudió al prestigioso instituto de historia de la medicina para confirmar el origen de los tres huesos, pero fue considerado por su directora, Erna Lesky, como un bromista.

Por pura coincidencia, los doctores Bankl y Jesserer se enteraron de los pasos de Desmines, le localizaron en Francia y recibieron las reliquias para hacer el espectacular diagnóstico, 160 años después de la muerte del compositor alemán.

http://elpais.com/diario/1987/03/22/

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