lunes, 25 de febrero de 2019

0844. Marcos Lechet, hoy sigue luchando para que el dinero no sea un obstáculo para oír con dignidad.


Escuchar a quien solo quiere oír
Pepo Jiménez - 25 Feb 2019

Marcos Lechet es sordo desde los cinco años y lleva un implante coclear desde los 23. Ha conseguido llamar la atención de la opinión pública y de las Administraciones sobre el problema del acceso y el carísimo mantenimiento de estos dispositivos. Hoy sigue luchando para que el dinero no sea un obstáculo para oír con dignidad.

Lo último que escuchó Marcos cuando era niño no fue la voz de su madre o el sonido del acordeón de su padre; fue la sintonía de Barrio Sésamo. Una melodía que volvería una y otra vez para atormentar su nostalgia sonora durante los 18 años que pasaría en el silencio más absoluto. Su infancia fue detenida. Marcos Lechet (Toledo, 1972) se quedó totalmente sordo a los cinco años por culpa de un sarampión mal curado. La vida de un niño hasta entonces feliz fue asaltada por la tortura de olvidar poco a poco los matices y la huella sonora que van dejando los primeros pasos por la vida: “Ningún oyente puede explicar lo que es el silencio; todos tienen recuerdos sonoros para evocar su ausencia”, nos recuerda inteligentemente durante la entrevista. Marcos perdió poco a poco esos recuerdos de las canciones de su madre –trapecista de circo–, de pisar los charcos, de los besos y caricias, fue perdiendo hasta el recuerdo del sonido de su propia respiración.

Marcos, 42 años más tarde, sigue siendo sordo profundo pero lleva un implante coclear que le permite interpretar los sonidos que recoge un micrófono y transforma un procesador adosado a la cabeza. Su vida ha recuperado el paisaje sonoro de aquella infancia retenida. Hoy su mirada, sus gestos, su forma de hablar devuelven la luz encerrada en los ojos de aquel niño. Todo gracias a la primera tecnología biónica conocida y que le cubrió la Seguridad Social. Puede trabajar, puede conversar, puede oírse respirar. Pero no siempre ha sido así. Su mantenimiento tiene un coste elevado y cuando tienes pocos recursos, el simple hecho de no tener suficiente dinero para cambiar las pilas o una de las carísimas piezas puede devolverte al pozo del silencio durante semanas. Castigado sin oír por no tener dinero. Así de duro.
 
Oír de nuevo

No es lo mismo no haber oído nunca que dejar de oír porque acostumbrarse al silencio es peor que haber nacido con él. La nostalgia auditiva es una tortura para las personas con sordera accidental como Marcos. Sordos poslocutivos (después de aprender a hablar) que van marchitando su lenguaje oral. Que pierden poco a poco el recuerdo de su propia voz, del sonido de un llanto o de una risa, dejando morir una película en 4k para tener que acostumbrarse al cine mudo. Una discapacidad invisible que, al no llevar ni bastones ni ortopedia, no anuncia a la sociedad el respeto y cuidado que merece.

Cuenta Marcos que hay bebés implantados cuyas familias no pueden hacerse cargo del mantenimiento del aparato y de la noche a la mañana dejan de oír. Bebés que se desesperan porque de repente desaparece la voz de sus padres.

Cuando el médico de Marcos encendió por primera vez su implante a los 23 años oyó un chasquido que hoy interpreta como el descorche de una botella de champán, era la celebración por volver a escuchar su voz, por recuperar aquella nostalgia dormida durante tanto tiempo. Se le ilumina la cara recordando aquello: “El murmullo de la calle, los coches, la gente, la voz de su madre. Era volver a vivir, volver a estar en un lugar que yo sentía que me pertenecía”. La misma felicidad que disfrutan ya unos 16.500 españoles. 
 
La pobreza del silencio

Esa oscuridad sonora de 18 años que pasó Marcos ha creado un personaje introvertido pero con las ideas muy claras. Cuando su entorno enmudeció se refugió en la lectura y en la reflexión personal: “Me aislé. Rehuía las conversaciones. Me volví arisco. No era desobediente, era un niño que no quería participar en nada. Quería que me dejaran solo en mi burbuja”. Es lo normal. El fracaso escolar en la comunidad sorda ronda el 80%, un muro que dificulta el acceso al mercado laboral y favorece esa pobreza auditiva. Esa desconexión social fue modelando también un personaje rebelde, inconformista y solitario que, sin embargo, eligió invertir lo que no tenía en luchar para que oír no fuera un artículo de lujo.

Ese es el personaje que fascina y que ilumina. Érase un hombre generoso a un implante coclear pegado. Un hombre feliz que mira, que sonríe y escucha más allá de su aparato y de sus intereses, que son los de una vida llena de estrecheces. Capaz de pasar el día repartiendo información sobre su causa en la playa, en las oficinas del INEM buscando trabajo, organizando la primera marcha de implantados en Madrid o contestando a admiradores que le escriben desde Australia.

Marcos se ha currado encuentros con Mariano Rajoy, con Gaspar Llamazares y con ministros y senadores en Madrid. Visitas que no han acabado en un bufé o con un catering en el Congreso, sino con la soledad de un bocata en cualquier banco de la capital. Marcos nunca ha cobrado dietas por defender los derechos de los ciudadanos, ni le pagan sus desplazamientos o gastos, ni tiene responsable de prensa más allá de su perfil de Facebook. Esa ilusión por conseguir avances le hace olvidar que viene siempre con lo puesto desde su casa en Telde (Gran Canaria).

“En una de tantas de mis reuniones a Madrid me pilló tan de sorpresa que apenas tenía los recursos para viajar. Recuerdo que mi hijo tenía el chándal del colegio roto, si se lo compraba no tendría lo suficiente para el viaje. Me volví loco, no sabía qué hacer, me sentí responsable ante las personas sordas con implantes y no podía dejar de ir”, cuenta por WhatsApp mientras manda orgulloso fotos y recortes de prensa con todos los protagonistas. Eligió el peor camino para él pero el mejor para su comunidad.

Su hijo merecía más que un chándal nuevo, merecía poder ser escuchado siempre. De eso se dio cuenta unos años antes, cuando a Marcos se le estropeó el cable del procesador (200 euros) y tardó cuatro semanas en conseguir uno nuevo: “Nos casamos con una marca y tu vida depende de ella”, recuerda. En ese momento de sordera forzosa cambió todo: “Miraba a mi hijo de tres años y no entendía lo que quería. Me frustraba. Me senté y empecé a llorar de la impotencia de ser sordo. Más que en toda mi niñez, más que en aquellos 18 años de soledad”.

Después de seis años de viajes en precario, de aporrear puertas, de crisis personales y varias toallas por el suelo, Marcos sigue combinando sus trabajos de jardinería y limpieza con la satisfacción de haber conseguido más de 260 mil firmas para su causa, que su nombre se taquigrafíe en las actas del Congreso, que la opinión pública sepa lo que es un implante coclear, que Sanidad amplíe la cartera de coberturas al colectivo de implantados y que el oligopolio de las marcas se disperse para que la competencia genere una bajada de precios. Todas esas victorias demuestran que hay causas y hombres que no se forjan con dinero, que hay que escuchar siempre al que tiene algo justo que pedir y que merece la pena luchar para que un derecho no se convierta en privilegio, aunque muchos sigan haciendo oídos sordos.

Entrevista y videos aqui:

1 comentario:

joaquinmejia dijo...

la verdad si es un impedimiento el dinero a nosotros se nosdescompuso una pila y costaba 14 000 mil pesos tuvimos que juntar es triste si el dinero es un impedimiento.

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